Arranca de mí, Señor,
la mirada altiva,
el puño cerrado,
el dedo acusador,
el gesto frío,
la sonrisa calculada,
el paso indiferente,
la palabra ofensiva,
el corazón insensible,
el oído ensimismado,
la espalda vencida,
el pensamiento excluyente…
Que mi vida no sea
escándalo para los pequeños
ni fuente de exclusión para el distinto…
Prefiero, Señor, perderlo todo
con tal de adquirir tu modo
y ser instrumento de tu Reino.
Cristian Peralta, sj